OPINION

¡Qué lamentable! El pueblo termina reivindicando al que sacó del poder

 

Por Margarita de la Rosa

Una reflexión sobre el desencanto ciudadano, la falta de renovación política y el círculo de decepciones que parece repetirse elección tras elección.

Cada vez que el país entra en una campaña electoral, los candidatos recorren calles y comunidades con un entusiasmo que parece inagotable. Prometen cambios, soluciones y un futuro mejor.

Mientras ellos exhiben optimismo, yo no puedo evitar sentir una profunda preocupación.

No escribo estas líneas para decirle a nadie por quién votar ni para favorecer o perjudicar a determinado partido. Es una reflexión nacida de mi propia experiencia como ciudadana y como periodista, después de observar durante décadas el comportamiento de nuestra vida política.

Milité siendo muy joven en los movimientos de izquierda durante los difíciles años de Joaquín Balaguer. Viví la persecución política, la intolerancia y el miedo que existía en aquella época. Bastaba con poseer determinados libros o expresar ciertas ideas para despertar sospechas. Como muchos jóvenes de mi generación, soñaba con una República Dominicana más justa, más libre y más democrática.

Con la llegada de Antonio Guzmán sentí que el país iniciaba una etapa distinta. Siempre he vi en él a un hombre honesto, austero y respetuoso de las instituciones. Su muerte dejó muchas interrogantes y, con el paso del tiempo, también marcó para mí el comienzo de una gran desilusión hacia la política dominicana.

Fue entonces cuando empecé a notar un fenómeno que, lejos de desaparecer, parece repetirse elección tras elección.

El pueblo saca del poder a un gobernante porque considera que lo hizo mal. Llega otro prometiendo corregir los errores. Pasa el tiempo y ese nuevo gobierno también decepciona.

Entonces comienza a escucharse una frase inquietante: «El anterior no era tan malo». Y, casi sin darnos cuenta, volvemos a mirar hacia quienes ya tuvieron la oportunidad de gobernar.

Ese ciclo me ha hecho perder la confianza.

Lo confieso con absoluta sinceridad: en toda mi vida apenas he acudido a votar unas pocas veces. Y cuando lo hice, preferí respaldar candidaturas alternativas, convencida de que la democracia necesita abrir espacio a nuevos liderazgos.

Siempre he pensado que un país no puede avanzar si permanece atrapado entre los mismos protagonistas de siempre. Muchos de nuestros dirigentes llevan décadas aspirando al poder, regresando al poder o preparándose para volver al poder. Mientras tanto, nuevas generaciones con otras ideas y otras visiones encuentran enormes dificultades para abrirse camino.

Hoy observo nuevamente el ambiente electoral y percibo en muchas conversaciones el mismo sentimiento de desencanto. Personas que me dicen que ya no creen en las promesas, que sienten que terminarán siendo defraudadas otra vez y que miran hacia atrás con una nostalgia que hace algunos años parecía impensable.

Y ahí es donde nace mi mayor preocupación.

No porque considere que el pasado haya sido necesariamente mejor, sino porque resulta muy peligroso que una sociedad termine reivindicando precisamente a quienes un día decidió sacar del poder.

Cuando eso ocurre, la democracia deja de avanzar y comienza a girar sobre sí misma.

No pretendo tener respuestas absolutas. Tampoco escribo desde el resentimiento. Lo hago desde la preocupación de una ciudadana que ha visto pasar gobiernos de distintos colores políticos y que sigue esperando que la ética pública, la transparencia y la verdadera vocación de servicio dejen de ser simples promesas de campaña.

Creo que la democracia necesita memoria. Necesita ciudadanos capaces de exigir cuentas a quienes gobiernan, pero también de abrir espacio a nuevas generaciones y nuevos liderazgos.

Equivocarnos apostando por caras nuevas puede ser un riesgo. Pero permanecer eternamente dependiendo de los mismos nombres, convencidos de que no existe otra alternativa, es un riesgo mucho mayor.

Porque un pueblo no fortalece su democracia cuando cambia de gobernantes para regresar siempre a los mismos. La fortalece cuando aprende de sus errores, exige mejores representantes y comprende que el voto no es un acto de resignación, sino un compromiso con el futuro.

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