OPINION

Cuba bajo amenaza: ¿hasta dónde llegará el alineamiento dominicano con Washington?

 

Por Margarita de la Rosa

Hay acontecimientos que, considerados aisladamente, pueden parecer simples decisiones diplomáticas. Pero cuando comienzan a sucederse dentro de un mismo contexto geopolítico, resulta inevitable preguntarse si estamos ante hechos independientes o frente a la expresión de una política exterior cada vez más definida.

La reciente decisión del Gobierno dominicano de solicitar el retiro de funcionarios diplomáticos cubanos vuelve a colocar esa inquietud sobre la mesa. Y ocurre precisamente cuando desde Washington aumenta peligrosamente la presión contra Cuba y cuando el secretario de Defensa estadounidense, Pete Hegseth, ha llegado a advertir públicamente que frente a la isla permanecen abiertas “todas las opciones”, incluida la militar.

No estamos hablando, por tanto, de simples diferencias diplomáticas.

Estamos hablando de guerra.

Y para un país como República Dominicana, situado en el Caribe y marcado por una historia de intervenciones extranjeras, esa palabra debería obligarnos a reflexionar profundamente.

Pete Hegseth

No puedo dejar de relacionar esta decisión con otras actuaciones recientes del Gobierno dominicano que han evidenciado un creciente acercamiento a la estrategia política y de seguridad de Estados Unidos en la región. República Dominicana participó en la iniciativa Escudo de las Américas y ha profundizado su cooperación con Washington.

Cada Gobierno tiene derecho a establecer sus alianzas internacionales. Pero también los ciudadanos tenemos derecho a preguntarnos dónde termina la cooperación entre Estados soberanos y dónde comienza un alineamiento que puede comprometer nuestra independencia de criterio.

Esa frontera me preocupa.

Los pueblos deben decidir su destino

He defendido siempre un principio elemental: son los pueblos quienes deben determinar su sistema político y decidir el rumbo de sus naciones.

Podemos cuestionar al Gobierno cubano. Podemos discutir sus errores, sus limitaciones, sus políticas económicas, su modelo político y la situación de los derechos humanos. Ningún Gobierno debe estar exento del escrutinio.

Pero una cosa es criticar y otra muy distinta aceptar que una potencia extranjera se arrogue el derecho de decidir qué Gobierno merece permanecer y cuál debe desaparecer.

Mucho menos mediante las armas.

Durante décadas Cuba ha vivido sometida a sanciones económicas estadounidenses que han agravado las dificultades de su población. Se restringen sus posibilidades económicas y comerciales y después se presentan las consecuencias de ese aislamiento como demostración exclusiva del fracaso de su Gobierno.

cuba
Miguel Mario Díaz-Canel

La realidad cubana es mucho más compleja y sería intelectualmente deshonesto atribuir todos sus problemas únicamente a Washington. Cuba tiene también responsabilidades internas que debe asumir.

Pero igualmente deshonesto sería negar el enorme peso que décadas de sanciones y aislamiento han tenido sobre su economía y sobre la vida cotidiana de su población.

Derechos humanos: ¿principio universal o argumento selectivo?

Washington vuelve a hablar de democracia, libertad y derechos humanos para justificar su presión contra Cuba.

Es legítimo defender esos valores. Lo que resulta difícil aceptar es su utilización selectiva.

¿Cómo sostener un discurso absoluto sobre los derechos humanos en Cuba mientras dentro de Estados Unidos se multiplican las denuncias y controversias por el trato dispensado a inmigrantes y por políticas de detención y deportación que han despertado cuestionamientos dentro y fuera de ese país?

Los derechos humanos no pueden convertirse en un instrumento geopolítico.

O son universales o dejan de ser un principio para convertirse en un argumento de conveniencia.

América Latina conoce demasiado bien esa historia.

Muchas intervenciones realizadas en nombre de la libertad, la estabilidad o la democracia terminaron dejando muertos, sociedades divididas, instituciones destruidas y heridas que necesitaron generaciones para comenzar a sanar.

Nosotros fuimos intervenidos militarmente por Estados Unidos en 1916 y nuevamente en 1965.

Nuestra memoria histórica debería bastar para comprender el peligro de normalizar nuevamente la idea de que una gran potencia puede decidir mediante la fuerza el destino político de una nación latinoamericana.

Cuba no es una nación extraña para nosotros.

Hay además una dimensión histórica y afectiva que no podemos ignorar.

Máximo Gómez Báez (1836–1905), destacado militar dominicano y General en Jefe del Ejército Libertador de Cuba.

Cuba y República Dominicana mantienen vínculos que trascienden coyunturas gubernamentales.

En distintos momentos de nuestra historia, Cuba abrió sus puertas a dominicanos perseguidos y exiliados y ofreció solidaridad a nuestro pueblo. También durante décadas profesionales cubanos han prestado cooperación en diferentes lugares del mundo.

Podemos tener diferencias con el sistema político cubano sin borrar esa historia.

Y precisamente por eso me preocupa que República Dominicana pueda terminar apareciendo como pieza de una estrategia encaminada al aislamiento de Cuba justo cuando desde Washington se habla abiertamente de la posibilidad de utilizar la fuerza militar.

Nuestro Gobierno debe explicar claramente al país cuál es su posición.

¿Por qué fueron retirados esos funcionarios cubanos? ¿Qué circunstancias motivaron una decisión de semejante naturaleza? ¿Hasta dónde llegan los compromisos dominicanos dentro de la nueva estrategia regional estadounidense? Y, sobre todo, ¿qué posición asumiría República Dominicana frente a una eventual acción militar contra Cuba?

Son preguntas legítimas.

Cooperación no puede significar subordinación

Estados Unidos es nuestro principal socio comercial y un aliado estratégico de enorme importancia. Millones de dominicanos viven allí y las relaciones económicas, migratorias y culturales entre ambas naciones son indiscutibles.

Precisamente por eso podemos mantener una relación estrecha sin renunciar a una política exterior soberana.

Ser aliado no significa obedecer.

Cooperar no significa subordinarnos.

Y defender nuestros intereses nacionales no debería significar convertirnos automáticamente en acompañantes de cada estrategia geopolítica diseñada desde Washington.

Los imperios —ayer y hoy— procuran conservar sus áreas de influencia. La historia demuestra que cuando sienten amenazada su hegemonía suelen aumentar las presiones económicas, políticas y militares sobre los países más débiles.

El mundo atraviesa además una transformación profunda. Nuevas potencias económicas y políticas disputan espacios que durante décadas parecieron reservados a Estados Unidos y Europa. Ese reordenamiento internacional hace todavía más necesaria una política exterior dominicana prudente, soberana y guiada por nuestros propios intereses.

No en nombre del pueblo dominicano

Y aquí está para mí lo fundamental.

Si alguien pretende interpretar el acercamiento oficial dominicano a Washington como autorización moral para una agresión contra Cuba, debe saber que el Gobierno dominicano no puede comprometer automáticamente el sentimiento de todo un pueblo.

Estoy convencida de que muchísimos dominicanos, independientemente de que simpaticen o no con el sistema político cubano, rechazarían ver nuevamente al Caribe convertido en escenario de una guerra.

Una intervención militar en Cuba no sería una operación limpia ni distante.

Habría muertos.

Habría familias destruidas.

Habría desplazamientos y probablemente una nueva crisis migratoria en pleno Caribe.

Y habría resistencia, porque ningún pueblo contempla pasivamente la entrada de fuerzas extranjeras a su territorio.

República Dominicana tampoco quedaría mágicamente aislada de sus consecuencias.

Por nuestra cercanía geográfica, nuestra historia y nuestros vínculos con Cuba, cualquier conflagración tendría repercusiones regionales que tarde o temprano alcanzarían nuestras costas.

Por eso este no es momento para adhesiones automáticas.

Es momento para la diplomacia.

Para exigir diálogo.

Para defender la soberanía de los pueblos.

Para decir que las diferencias políticas se enfrentan con política y que los conflictos internacionales se resuelven mediante negociación, no mediante bombas.

Podremos discrepar profundamente del Gobierno cubano. Los propios cubanos tendrán que decidir algún día, como corresponde exclusivamente a ellos, qué sistema quieren y quiénes deben gobernarlos.

Pero esa decisión pertenece al pueblo cubano, no al Pentágono.

Y República Dominicana, precisamente porque conoce en carne propia lo que significa que una potencia extranjera pretenda decidir nuestro destino, debería ser una de las primeras naciones del continente en recordarlo.

Nuestra amistad con Estados Unidos no puede exigirnos olvidar nuestra historia.

Mucho menos darle la espalda a Cuba cuando sobre ella vuelve a proyectarse la sombra de una intervención militar.

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