Miel de abejas: el oro dulce que RD desperdicia mientras sus campos se empobrecen
De medicina sagrada en la antigüedad a una poderosa fuente de riqueza rural, la apicultura podría convertirse en una tabla de salvación para miles de familias campesinas dominicanas

La abeja apareció en el planeta millones de años antes que el ser humano, y el hombre aprendió a perseguirla desde que vivía en cuevas. La primera evidencia está en la Cueva de la Araña, en Valencia, España: una pintura rupestre de hace 7,000 años A.C. que muestra a un hombre recolectando miel de un panal silvestre.
De ahí, la miel se convirtió en el oro líquido de las civilizaciones.
Los sumerios ya la recetaban en tablillas del 2,100 A.C. como base para ungüentos medicinales. Los egipcios la consideraban sagrada. Hay grabados de abejas en tumbas de Abydos de hace más de 5,500 años, y se han encontrado vasijas de miel intactas en las pirámides. Con ella pagaban impuestos y endulzaban la vida.
Para los griegos, era el néctar de los dioses. Zeus fue alimentado con leche y miel por las ninfas. Hipócrates, el padre de la medicina, la usaba para curar heridas. En China, India y Roma, fue alimento, moneda y medicina al mismo tiempo. Hasta que llegó el azúcar de América en 1498, la miel fue el único endulzante de Europa.
En nuestra América, no existía la Apis mellifera. Lo que había eran abejas nativas sin aguijón, las meliponas. Los mayas las criaban en troncos huecos llamados hobones y adoraban a Ah-Muzen-Cab, el dios de las abejas. Su miel era alimento del Sol, y en libros sagrados como el Ritual de los Bacabes hay recetas de miel para curar enfermedades respiratorias, digestivas, de la piel y hasta mordeduras de serpientes.
A la llegada de los colonizadores españoles no existían abejas melíferas en el Continente Americano. Fueron los europeos quienes las trajeron. A la isla Hispaniola se reporta su introducción en el año 1531 con la raza Negra Holandesa, hoy diseminada por todo el país.
La apicultura moderna, con colmenas de cuadros móviles inventadas por Lorenzo Langstroth en 1851, llegó a RD en 1909 traída por el italiano Luis Richetty y se regó por el Noroeste. Tan buena es nuestra miel, que en 1937 la miel producida en Montecristi ganó medalla de oro en una feria de Alemania.
La miel no es solo dulce. Es farmacia
La ciencia lo confirma: es antiinflamatoria, antioxidante y antibiótica natural. Posee altas concentraciones de azúcar que impiden el crecimiento bacteriano, es altamente ácida y produce peróxido de hidrógeno que elimina bacterias. Por eso se usa para curar heridas y enfermedades de la piel.
Es alimento completo: carbohidratos, enzimas, aminoácidos, vitaminas B, C, ácido fólico, hierro, zinc. Pero además están sus hermanos: el polen, el propóleo, la jalea real, la cera y hasta el veneno de abejas usado en apiterapia.
Y lo más importante: sin abejas no hay agricultura. Una sola abeja puede visitar 7,000 flores al día y se necesitan cuatro millones de flores para producir un kilo de miel. Son las responsables de la polinización de más del 75% de los cultivos. Si desaparecen las abejas, desaparece la comida.

Hoy República Dominicana tiene más de 4,500 apicultores activos, concentrados en El Seibo, Barahona, Azua, Monte Plata y Hato Mayor, aunque Ganadería registra oficialmente más de 1,400 en 1,653 apiarios. Cerca del 80% de nuestra miel es orgánica, una ventaja brutal en el mercado internacional.
La producción es inestable pero valiosa: solo en el primer trimestre de 2023 se produjeron 223,863 kilos. Cada pote de 16 onzas se vende entre RD$215 y RD$400 en el mercado local, y a nivel internacional nuestra balanza comercial de miel es superavitaria. Nuestra miel compite y gana en Europa.
Sin embargo, el sector está abandonado. Como pasó en 1962, cuando el Banco Agrícola suspendió el programa apícola por falta de asistencia técnica y los precios se desplomaron, hoy los apicultores claman lo mismo: falta de entrenamiento, falta de financiamiento, falta de laboratorios para trazabilidad y análisis que exige la Unión Europea para exportar.
No podemos seguir importando miel adulterada mientras nuestros campesinos en las zonas más pobres del país tienen en sus manos una mina de oro.
Desde aquí me uno al clamor de miles de productores: exigimos al Ministerio de Agricultura, al Banco Agrícola, al FEDA y al MICM que declaren la apicultura como prioridad nacional.
Necesitamos financiamiento blando para colmenas modernas, apoyo técnico masivo y sanidad apícola, salas de extracción certificadas como la de San Cristóbal, pero en cada provincia, y protección contra la miel falsa.
La abeja es el insecto más útil al hombre. Nos da alimento, nos cura, nos poliniza los campos y nos genera divisas.
Apoyar a nuestros abnegados productores de miel no es caridad. Es soberanía alimentaria, es ecología y es llevar riqueza dulce a donde solo hay amargura y pobreza.
Rescatemos la apicultura, como queremos rescatar el edificio Copello. Es rescatar la patria misma.
Agradecimiento especial al señor Jesús María Polanco Santos, quien motivó la realización de este trabajo por su interés en que se destaque la importancia de la apicultura para el país.


