OPINION

Entre la palma y el concreto, construir sin destruir

 

Por Margarita de la Rosa

Hubo un tiempo en nuestros campos en que una palma podía formar parte del porvenir de un hijo.

Los viejos veían crecer al muchacho y, cuando comenzaba a hacerse hombre y a pensar en formar familia, le señalaban unas cuantas palmas. De ahí saldría la madera para levantar su casa. Si había un pedazo de tierra disponible para hacer el conuco, mejor todavía. Casa, tierra y brazos para trabajar constituían buena parte del patrimonio necesario para comenzar una vida.

Muchas de aquellas viviendas campesinas se levantaron con madera de palma. Algunas permanecen todavía en nuestros campos, desafiando los años, el comején y las transformaciones que fueron cambiando nuestra manera de vivir.

Entonces no hablábamos de sostenibilidad, biodiversidad, cambio climático ni restauración de ecosistemas. Eran palabras que no formaban parte de la conversación cotidiana de nuestros abuelos.

Después aprendimos que un árbol no era simplemente madera disponible. Que un bosque no era una reserva infinita de materiales. Que había especies que necesitaban muchos años para recuperarse y que aquello que la naturaleza tardaba décadas en construir nosotros podíamos hacerlo desaparecer en unas horas. Y cambiamos también nuestras casas.

La vivienda de madera comenzó a ser sustituida por la casa de bloques, cemento, hierro y hormigón. Durante mucho tiempo esa transformación fue considerada, con razón en muchos aspectos, una expresión de progreso: viviendas más duraderas, otras condiciones sanitarias, mayor seguridad y nuevas posibilidades urbanas. 

Pero aquí aparece una pregunta que me inquieta. ¿De dónde salen los materiales con los que construimos ese progreso?

Para levantar casas, carreteras, puentes y edificios necesitamos arena, grava, piedra y otros materiales. Y cuando esos agregados son extraídos de manera indiscriminada de ríos, cauces y montañas, el problema simplemente ha cambiado de lugar.

Antes podíamos destruir una palma para levantar una casa. Ahora podemos destruir un río para levantar miles. 

Entonces, ¿qué hacemos? Se lo preguntaba recientemente a Rafael y me respondió con una frase sencilla: “Nosotros también somos naturaleza y tenemos que vivir.”

Y tiene razón. El ser humano necesita vivienda, carreteras, hospitales, escuelas, alimentos y energía. Preservar la naturaleza no puede significar condenarnos a no tocarla. Desde que existimos hemos tomado de ella lo necesario para sobrevivir.

Quizás el problema nunca estuvo simplemente en usar la naturaleza. Está en cómo la usamos, cuánto le quitamos y qué hacemos para devolverle capacidad de recuperarse.

Ahí aparece una palabra que quizá nuestros abuelos no pronunciaban con el significado ambiental que hoy le damos, pero que practicaban muchas veces por necesidad: equilibrio.

No podemos regresar románticamente a un pasado en el que todas las casas sean de palma. Tampoco podemos llamar progreso a un presente en el que levantemos ciudades mientras dejamos detrás ríos convertidos en zanjas, montañas mutiladas y comunidades sin agua.

El verdadero progreso tendría que encontrarse en algún punto entre esas dos imágenes.

La ciencia, la ingeniería y las políticas públicas tienen hoy un desafío mucho mayor que decir simplemente “no corte” o “no extraiga”. Tienen que indicarnos cómo construir sin depredar, qué materiales pueden sustituirse, cuáles pueden reciclarse, dónde puede realizarse una extracción controlada y, sobre todo, cuáles lugares deben permanecer absolutamente intocables porque de ellos depende la vida.

No quiero volver al tiempo en que para construir una casa necesariamente había que tumbar las palmas. Pero tampoco quiero aceptar como inevitable un futuro en el que para construir una casa de concreto tengamos que acabar con nuestros ríos.

Entre una cosa y la otra tiene que existir un camino.

Porque quizás la pregunta ambiental de nuestro tiempo no sea cómo dejar de utilizar la naturaleza.

La pregunta es mucho más difícil: ¿Cómo vivir de ella sin acabar con ella?

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