Mientras la mujer avanza, el hombre parece quedarse atrás
Una reflexión necesaria sobre educación, desarrollo y violencia en tiempos de transformación social

Por Margarita de la Rosa
Hace apenas unas décadas, en República Dominicana, la mujer tenía que luchar incluso por el derecho a estudiar, a trabajar o a ser tomada en cuenta en espacios profesionales y de poder.
Hoy el panorama ha cambiado de manera impresionante. Basta entrar a una universidad, recorrer una escuela o asistir a una graduación para comprobarlo: las mujeres dominan cada vez más los espacios académicos y profesionales.
Las estadísticas lo reflejan, pero también la vida cotidiana. Las jóvenes llenan las aulas universitarias, concluyen carreras, realizan especialidades, se insertan en el mercado laboral y asumen responsabilidades familiares sin abandonar sus metas personales.
Muchas estudian siendo madres, trabajan, sostienen hogares y aun así continúan preparándose.
Y mientras ese crecimiento femenino se hace visible y sostenido, otra realidad comienza a preocupar silenciosamente: el rezago masculino.
Es una escena que se repite desde los niveles escolares más básicos. Las niñas suelen mostrar más disciplina, mayor interés por los estudios, más enfoque en sus metas y mayor capacidad de adaptación a las exigencias académicas.
Los varones, en muchos casos, parecen perder motivación tempranamente, abandonan los estudios con más facilidad o se conforman con menos preparación.
No se trata de generalizar ni de desacreditar al hombre dominicano. Hay hombres brillantes, responsables y admirables. Pero negar que existe una diferencia creciente sería cerrar los ojos ante una realidad que ya se comenta en universidades, centros educativos y hasta en conversaciones familiares.
Y quizás ahí comienza una de las raíces de muchos conflictos actuales.
Porque cuando un hombre se siente rezagado frente a una mujer preparada, independiente y segura de sí misma, puede surgir un sentimiento silencioso de inferioridad, frustración o desplazamiento. Y cuando esa inseguridad emocional no se maneja adecuadamente, muchas veces termina transformándose en agresividad, intolerancia o violencia.
No toda violencia contra la mujer nace únicamente del machismo tradicional. A veces también surge del miedo a perder el control frente a una mujer que ya no depende emocional ni económicamente del hombre.
Cuando un hombre no logra manejar emocionalmente el crecimiento, la independencia y el éxito de la mujer que tiene a su lado, pueden surgir sentimientos de frustración, inseguridad o inferioridad que, en algunos casos, terminan expresándose mediante actitudes agresivas o violentas.
No como una competencia entre hombre y mujer, sino como una crisis de adaptación masculina frente a una nueva realidad social que ya es irreversible.
Ese es un tema del que debemos hablar con honestidad.
Recientemente, Graciela Lucía Abinader Arbaje, hija del presidente Luis Abinader, provocó un intenso debate en las redes sociales y en distintos escenarios de opinión al referirse al comportamiento de muchos hombres frente al avance y empoderamiento de la mujer moderna.
Sus planteamientos encontraron apoyo en muchos sectores, pero también despertaron incomodidad y rechazo en otros. Sin embargo, más allá de simpatías o desacuerdos, sus palabras tocaron una realidad que desde hace tiempo viene manifestándose silenciosamente en la sociedad dominicana.
Por eso este no debe ser un debate de confrontación entre géneros. No se trata de disminuir al hombre para exaltar a la mujer. Tampoco de convertir el empoderamiento femenino en motivo de resentimiento.
La verdadera preocupación debería ser otra: ¿qué estamos haciendo con nuestros niños y adolescentes varones?
La formación del hombre comienza en el hogar, desde la infancia.
Comienza en la educación, en los valores, en la disciplina, en la responsabilidad emocional y en la capacidad de comprender que el crecimiento de la mujer no representa una amenaza, sino una evolución natural de la sociedad.
Porque una sociedad sana necesita mujeres fuertes… pero también hombres emocionalmente equilibrados, preparados y capaces de crecer junto a ellas, no de sentirse derrotados por su avance.
Todavía estamos a tiempo de corregir el rumbo.
Pero para lograrlo, primero debemos atrevernos a reconocer lo que está ocurriendo.


