OPINION

Bandas en Haití: masacres al estilo de la guerra en Gaza

Por Augusto Álvarez

Las bandas armadas en Haití ejecutaron a más de 47 personas, incluidas unas 20 que habían buscado protección en el interior de una iglesia.

La masacre es atribuida a Didi, conocido como Izo 2, un pandillero que controla la comuna de Kenscoff, en las cercanías de Puerto Príncipe, la capital haitiana. Según las versiones que han circulado, el líder criminal habría advertido que, si las autoridades toman represalias, las muertes podrían aumentar.

Didi forma parte de la coalición Viv Ansanm, encabezada por el expolicía Jimmy Chérizier, alias “Barbecue”, uno de los principales líderes de las organizaciones criminales que operan en Haití.

La característica de estas ejecuciones -en las que han muerto ciudadanos indefensos, incluidos niños, ancianos y mujeres- resulta particularmente brutal.

La violencia contra civiles recuerda, por su crueldad y por el desprecio hacia la población no combatiente, algunos de los episodios más sangrientos registrados durante la guerra en Gaza. Sin embargo, cualquier comparación debe hacerse con cuidado, porque se trata de conflictos y actores diferentes.

La crisis haitiana da la impresión de estar alimentada también por factores externos y por intereses que trascienden las fronteras de la empobrecida nación caribeña. Basta mirar hacia atrás para recordar la fuerte incidencia que tuvo Estados Unidos en los asuntos haitianos durante distintos períodos, incluido el papel desempeñado por la administración de Bill Clinton.

Haití, atrapado en el horror

Para Washington, la crisis haitiana constituye un problema regional de enormes proporciones. Y mientras la violencia continúa cobrando vidas, distintos países han convertido la deportación de ciudadanos haitianos en una prioridad de sus políticas migratorias.

El drama es brutal: Haití se desangra, las bandas siguen ganando terreno y miles de ciudadanos permanecen atrapados entre la violencia criminal, la pobreza y la ausencia de un Estado capaz de garantizarles seguridad.

Y la pregunta sigue siendo inevitable: ¿hasta cuándo el mundo seguirá observando cómo Haití se hunde en el horror?

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