OPINION

Cuando la gente deja de creer en los partidos: el peligroso camino hacia el «cualquiera menos los mismos»

 

Por Margarita de la Rosa

Hay frases populares que, aunque parezcan simples desahogos, contienen más información política que muchas encuestas.

Una de ellas comienza a escucharse con inquietante frecuencia entre ciudadanos decepcionados de los partidos y de quienes durante décadas han administrado el poder:

“Prefiero que me engañe alguien nuevo antes de seguir siendo engañado por los mismos”.

La expresión puede resultar áspera, incluso temeraria, pero detrás de ella existe un fenómeno mucho más profundo: el deterioro de la confianza en los partidos tradicionales y la creciente disposición de algunos ciudadanos a probar cualquier alternativa que represente una ruptura con lo conocido.

Y eso debería preocuparnos.

Porque cuando una sociedad comienza a pasar del “¿quién puede gobernarnos mejor?” al “cualquiera, con tal de que no sean los mismos”, algo importante se ha roto en su relación con la política.

Es precisamente en esos vacíos donde comienzan a crecer los outsiders: figuras provenientes de los medios, los negocios, el entretenimiento o cualquier otro espacio ajeno a las estructuras políticas tradicionales.

No siempre porque hayan demostrado estar mejor preparadas.

A veces, sencillamente, porque todavía no han tenido la oportunidad de decepcionar.

Y es desde esa perspectiva que deberíamos comenzar a mirar, sin burlas pero también sin ingenuidad, un fenómeno que hasta hace poco muchos habrían considerado impensable en República Dominicana: la irrupción política de Santiago Matías, Alofoke.

Más recientemente, Estados Unidos eligió a Donald Trump, un empresario y figura televisiva que convirtió su distancia de la política profesional en una de sus principales fortalezas. En El Salvador, Nayib Bukele construyó su ascenso sobre el rechazo a los dos partidos que habían gobernado el país durante décadas. Y en Brasil, Jair Bolsonaro capitalizó el hartazgo provocado por la corrupción, la inseguridad y el desgaste de las fuerzas políticas tradicionales.

Los contextos son distintos y no todos esos procesos pueden compararse de manera exacta. Tampoco significa que toda figura externa a los partidos termine de la misma forma. Pero existe un patrón que se repite: cuando los partidos pierden credibilidad, la experiencia deja de ser vista como una virtud y comienza a interpretarse como parte del problema.

Entonces, la falta de trayectoria política ya no se percibe necesariamente como una debilidad. Puede convertirse, paradójicamente, en una ventaja. El candidato desconocido parece limpio porque todavía no ha sido probado; el discurso radical parece auténtico porque no ha tenido que enfrentar las limitaciones del gobierno; y la promesa de “barrer con todo” resulta atractiva para quienes sienten que nada funciona.

Es precisamente en esos vacíos donde comienzan a crecer los outsiders: figuras provenientes de los medios, los negocios, el entretenimiento o cualquier otro espacio ajeno a las estructuras políticas tradicionales.

No siempre porque hayan demostrado estar mejor preparadas.

A veces, sencillamente, porque todavía no han tenido la oportunidad de decepcionar.

El problema aparece cuando el rechazo a los partidos se transforma en una renuncia al juicio crítico. Una sociedad puede estar cansada de los mismos dirigentes y, al mismo tiempo, necesitar respuestas serias sobre la capacidad, el programa, los equipos, los controles institucionales y los límites del poder. Cambiar de rostro no siempre significa cambiar de prácticas. Y la promesa de renovación puede terminar reproduciendo, bajo otros nombres, viejos vicios de personalismo, improvisación y concentración de autoridad.

Por eso, los ejemplos internacionales no deben utilizarse para afirmar que un desenlace está predeterminado, sino para recordar que el vacío político nunca permanece vacío. Cuando los partidos no escuchan, no se renuevan y no rinden cuentas, otros ocupan el espacio. Y quienes llegan pueden ser una oportunidad de transformación, pero también pueden convertirse en una respuesta emocional a una frustración legítima.

Es desde esa perspectiva que deberíamos comenzar a mirar, sin burlas pero también sin ingenuidad, un fenómeno que hasta hace poco muchos habrían considerado impensable en República Dominicana: la irrupción política de Santiago Matías, Alofoke.

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