OPINION

Cuba debe despertar… todo por la democracia, todo por la libertad

Por Tomás Aquino G.

La libertad camina de la mano de la democracia.

Sin democracia, la libertad se convierte en una palabra vacía, y sin libertad, los pueblos terminan atrapados en el silencio, la imposición y el estancamiento.

La historia demuestra que ningún pueblo puede desarrollarse plenamente cuando sus ciudadanos no tienen la posibilidad de elegir libremente a sus gobernantes, expresar sus ideas y participar en las decisiones que determinan su futuro.

Eso es precisamente lo que ocurre en Cuba, donde el Partido Comunista mantiene el control político del Estado, desde hace décadas.

Y la pregunta es inevitable: si el Partido Comunista Cubano está convencido de contar con el respaldo y el liderazgo necesarios, ¿por qué no abrir las puertas a una democracia plena y permitir que los ciudadanos decidan libremente su destino?

El derecho a elegir

La democracia no debería ser patrimonio de la derecha ni de la izquierda. Es un derecho de los pueblos.

Un ciudadano debe tener derecho a pensar diferente, a organizarse políticamente, a votar por quien considere conveniente y, sobre todo, a ser elegido.

Ese derecho no puede depender de la ideología que gobierne ni de la simpatía que tenga una persona hacia el poder.

La libertad es uno de los bienes más preciados de la humanidad.

Cuando desaparece, aparece la subordinación. Cuando se prohíbe pensar diferente, se debilita la sociedad. Y cuando se cierra el camino electoral, se le arrebata al ciudadano una de sus principales herramientas para cambiar su realidad.

Ni dictaduras de derecha ni de izquierda

Las dictaduras, sean de derecha o de izquierda, terminan pareciéndose en lo esencial: concentran el poder, reducen los espacios de participación ciudadana y colocan al Estado por encima de las libertades individuales.

Los pueblos no necesitan dictadores para desarrollarse. Necesitan instituciones sólidas, elecciones libres, justicia independiente, prensa libre, respeto a los derechos humanos y oportunidades para todos.

Cuba no es una excepción.

El pueblo cubano merece decidir qué modelo político, económico y social quiere para su país. Nadie debería decidir eternamente por los ciudadanos bajo el argumento de que lo hace en nombre del pueblo.

Raúl Castro y Anastasio Somoza

Cuba puede cambiar sin sangre

Pero ese cambio no tiene que llegar acompañado de violencia.

Cuba debe ser libre, pero sin tiros ni balas, sin odio, sin venganzas y sin que corra la sangre de ningún cubano.

La transición hacia mayores libertades debe buscar el diálogo, la participación ciudadana y las vías pacíficas.

Cambiar un sistema político no puede significar abrir otra herida en un pueblo que ya ha soportado demasiado.

Lo que Cuba necesita es una apertura democrática que permita a sus ciudadanos expresarse, organizarse, elegir y ser elegidos. Una transformación en la que la voluntad popular tenga finalmente la última palabra.

La libertad abre las puertas al desarrollo

Si en Cuba renacen la libertad y la democracia, también podrían abrirse de par en par las puertas del desarrollo.

Una sociedad libre puede liberar su creatividad, atraer inversiones, generar oportunidades, fortalecer sus instituciones y permitir que sus ciudadanos construyan su propio futuro.

Cuba tiene talento, cultura, historia, recursos humanos y una posición privilegiada en el Caribe.

Lo que necesita es que sus ciudadanos puedan desarrollar plenamente esas capacidades en un ambiente de libertades, derechos y oportunidades.

Todo por la democracia. Todo por la libertad.

Porque ningún pueblo debería tener que escoger entre seguridad y libertad, entre desarrollo y democracia, entre patria y derechos.

Cuba debe ser libre. Pero libre sin violencia, libre sin sangre y libre para que sean los propios cubanos quienes decidan su destino.

Los pueblos se cansan

Ya es hora de que los Castro, o cualquier otra familia que se crea dueña de Cuba, reaccione y abra las puertas a la libertad.

Los pueblos se cansan de la imposición y, tarde o temprano, reclaman el derecho a decidir su propio destino.

Los cubanos parecen estar cansados del hostigamiento, de las restricciones y de una revolución que, después de tantas décadas, luce carcomida por el tiempo y sin un horizonte claro de futuro.

Ninguna revolución puede convertirse en una licencia permanente para gobernar sin permitir que nuevas generaciones decidan qué país quieren construir.

Cuba necesita libertad, democracia y elecciones donde el ciudadano pueda elegir y ser elegido. Y ese cambio debe producirse sin tiros, sin balas y sin derramamiento de sangre.

Ojo con Nicaragua

Pero hay que mirar también hacia Nicaragua.

Daniel Ortega y Rosario Murillo

Si la dictadura de Anastasio Somoza terminó siendo derrocada después de décadas de poder, el régimen encabezado por Daniel Ortega y Rosario Murillo tampoco debería asumir que el poder es una propiedad familiar que puede heredarse y conservarse indefinidamente.

Ningún gobernante es dueño de una nación.

Ni los Castro son dueños de Cuba, ni Ortega y Murillo son dueños de Nicaragua. Los países pertenecen a sus pueblos, y son los ciudadanos quienes deben tener la última palabra sobre quién los gobierna.

El poder no puede ser eterno

La historia está llena de gobiernos que parecían indestructibles y terminaron cayendo ante el reclamo de sus propios pueblos.

Por eso, quienes gobiernan deben entender que la permanencia indefinida en el poder no garantiza estabilidad, pues muchas veces acumula frustraciones, profundiza conflictos y termina cerrando las puertas a una salida democrática.

Cuba y Nicaragua necesitan abrir esas puertas antes de que sea demasiado tarde.

La democracia no debe llegar acompañada de venganza ni de violencia. Debe llegar mediante la participación ciudadana, el diálogo, elecciones libres y el respeto a los derechos fundamentales.

Porque una cosa debe quedar clara, los pueblos pueden soportar mucho, pero no se cansan de ser pueblos. Y cuando despiertan, reclaman lo que nunca debieron perder: su libertad.

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