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¿Dónde está Dios?

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Mensaje 4829

 

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Hola, amigos, ¿qué tal? Merhaba, arkadaslar, ¿nasilsiniz?

REFLEXIONESLas lecturas de este domingo nos confrontan con una pregunta incómoda: ¿dónde está Dios cuando todo parece venirse abajo?

La primera lectura nos lleva al monte Horeb. El profeta Elías está escondido en una cueva, perseguido, desalentado, sintiendo que su misión ha fracasado. Y Dios pasa. Primero un huracán tan fuerte que parte las rocas, pero Dios no está en el huracán. Luego un terremoto, y Dios no está en el terremoto.

Después un fuego, y Dios tampoco está en el fuego. Y finalmente, «una brisa suave, un hilo de silencio». Allí, en lo pequeño, en lo callado, Dios se revela.

Qué contraste con nuestra manera de buscar a Dios. Solemos esperarlo en lo espectacular: la sanación milagrosa, la solución repentina, la intervención que resuelve todo de golpe. Pero Dios no suele gritar. Susurra. Y para escuchar un susurro, hay que hacer silencio. Tal vez por eso no lo encontramos: porque vamos por la vida con tanto ruido interior que no somos capaces de percibir esa brisa suave.

Y luego viene el Evangelio. Los discípulos están en medio del lago, de noche, azotados por las olas, con el viento en contra. Han pasado horas remando y no avanzan. Están cansados, asustados, solos. Es entonces cuando ven una figura caminando sobre el agua y creen que es un fantasma. El miedo los ciega.

Pero Jesús les dice: «¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo!».

Pedro, impulsivo como siempre, le pide una señal: «Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre el agua». Y Jesús le dice una sola palabra: «Ven». Pedro baja de la barca, camina sobre las aguas… hasta que deja de mirar a Jesús y empieza a mirar el viento, las olas, el peligro. Entonces se hunde.

¿Cuántas veces somos como Pedro? Empezamos con fe, nos lanzamos, pero en cuanto sentimos el viento contrario —la enfermedad, la crisis económica, el conflicto familiar, la soledad— apartamos la mirada de Jesús, nos fijamos en la tormenta, y nos empezamos a hundir. Y en ese hundimiento, Jesús no nos deja caer: extiende la mano y nos sostiene. «Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?».

Aquí está el corazón de la homilía de hoy: Jesús no promete una vida sin tormentas. Promete estar en medio de ellas.

Los discípulos estaban en la tormenta porque Jesús mismo los había enviado al lago (Mateo 14,22). A veces creemos que, si estamos haciendo la voluntad de Dios, todo debería ser fácil. Pero no es así. Precisamente porque obedecían a Jesús, estaban atravesando la dificultad. La tormenta no es señal de que Dios nos ha abandonado; a veces es señal de que vamos por el camino correcto.

Y hay algo más hermoso todavía. Cuando Pedro se hunde y grita «¡Señor, sálvame!», Jesús inmediatamente extiende la mano. No espera. No lo deja suplicar tres veces. No le dice «ya te lo advertía». Lo agarra al instante.

Así es Dios. No espera a que tengamos la fe perfecta, a que dejemos de dudar, a que seamos santos. Extiende la mano en medio de nuestro hundimiento. Lo único que necesitamos hacer es gritar: «¡Señor, sálvame!».

El Salmo 84 lo canta hermosamente: «Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación». La salvación no es algo que merezcamos; es un regalo que recibimos cuando dejamos de querer salvarnos solos y confiamos en Aquel que puede caminar sobre las aguas.

Hermanos, esta semana cada uno de nosotros está atravesando alguna tormenta. Puede ser grande o pequeña, visible o escondida. La invitación de la Palabra de hoy es doble: primero, hacer silencio para escuchar a Dios en la brisa suave; segundo, en medio del viento y las olas, mantener la mirada fija en Jesús que viene caminando hacia nosotros.

Víctor Martinez te recuerda que no debes tener miedo, Él ya está en tu tormenta. Su mano ya está extendida. Solo tienes que gritar: «Señor, sálvame».

Y al final, cuando el viento se calme —y se calmará—, podrás hacer lo que hicieron los discípulos al llegar a la otra orilla: postrarte y decir desde lo más profundo: «Verdaderamente eres Hijo de Dios».

Gracias a nuestra hermana Matilde Farach por hacer posible que cada domingo estas reflexiones lleguen hasta todos ustedes. Bendícela, Señor.

Hasta la próxima,

 

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