Docilidad con el poderoso: la peligrosa costumbre de decir siempre sí

Por Margarita de la Rosa
No soy politóloga ni especialista en relaciones internacionales. Tampoco milito en organizaciones ideológicas ni pretendo hablar desde trincheras partidarias. Pero hay decisiones de Estado que estremecen tanto la dignidad de un país, que ningún ciudadano consciente debería permanecer indiferente.
Hace algún tiempo expresé mi preocupación cuando el Gobierno dominicano permitió el uso de nuestros aeropuertos en operaciones vinculadas al conflicto venezolano.
Hoy vuelvo a sentir el deber ciudadano y moral de fijar posición ante otra decisión que, más allá de sus explicaciones diplomáticas, deja en el aire una pregunta inquietante: ¿hasta dónde seguirá llegando la complacencia de nuestras autoridades frente a los intereses de Estados Unidos?
La reciente disposición de convertir a República Dominicana en punto de recepción temporal para deportados enviados desde territorio estadounidense no puede analizarse únicamente desde la logística migratoria.
El tema toca fibras mucho más profundas: soberanía, dignidad nacional y el preocupante nivel de subordinación que comienza a normalizarse en nombre de las relaciones internacionales.
Y es precisamente ahí donde nace mi inquietud.
Porque una cosa es mantener relaciones diplomáticas sanas con una potencia mundial, y otra muy distinta es transmitir permanentemente la sensación de que este país siempre está dispuesto a obedecer, aun cuando se trate de decisiones delicadas que impactan nuestra imagen, nuestra estabilidad y nuestra soberanía.
Lo más preocupante no es solamente la decisión en sí. Lo verdaderamente alarmante es el patrón.
Un patrón de concesiones, silencios y alineamientos automáticos que proyectan la imagen de un gobierno excesivamente complaciente frente a Washington.
Una actitud que, en ocasiones, parece colocarnos más cerca de la obediencia que de la cooperación entre Estados soberanos.
Incluso figuras históricamente críticas del poder estadounidense, como Narciso Isa Conde, han levantado su voz frente a esta nueva muestra de subordinación política. Y aunque no todos compartamos sus posiciones ideológicas, resulta imposible ignorar el fondo de la preocupación que plantea: la creciente disposición del Estado dominicano a actuar bajo directrices externas sin que exista un debate nacional serio sobre las implicaciones de esas decisiones.
Pero hay otro aspecto que hace todavía más evidente la contradicción.
Mientras el gobierno exhibe una política extremadamente dura frente a miles de haitianos pobres que cruzan nuestra frontera buscando trabajo y supervivencia —muchos de ellos realizando labores que sostienen sectores importantes de nuestra economía—, frente a Estados Unidos la postura cambia completamente.
Ahí desaparece la firmeza. Ahí no vemos discursos encendidos sobre soberanía ni demostraciones de carácter.
Aclaro algo importante: ningún país está obligado a aceptar desorden migratorio. Toda nación tiene derecho a exigir documentación, legalidad y control fronterizo. Eso no está en discusión.
Lo que sí genera preocupación es la incoherencia moral y política de mostrarse implacables con el vecino pobre y extraordinariamente dóciles frente al poder que impone condiciones.
Dureza con el débil. Docilidad con el poderoso.
Y eso, nos guste o no, comienza a parecerse demasiado a una peligrosa renuncia silenciosa a nuestra dignidad nacional.
La República Dominicana no puede convertirse en territorio disponible para resolver problemas geopolíticos ajenos. Somos una nación libre, con historia, identidad y derecho a decidir pensando primero en su pueblo.
Las relaciones internacionales deben construirse desde el respeto mutuo, no desde la sumisión disfrazada de diplomacia.
Tal vez mañana muchos olviden estas decisiones. Tal vez algunos las justifiquen como simples acuerdos estratégicos. Pero la historia suele ser implacable con los pueblos que poco a poco se acostumbran a bajar la cabeza.
Y ningún país debería acostumbrarse jamás a la peligrosa costumbre de decir sí a todo.



