OPINION

La velocidad de la vida y el silencio del espíritu

El mundo corre… y el alma pide detenerse

 

Por Margarita de la Rosa

Esta mañana me he quedado atrapada entre recuerdos, fotografías y pensamientos. Tal vez sea la nostalgia propia de los años vividos.

Tal vez sea simplemente esa sensibilidad que llega cuando uno comienza a mirar hacia atrás y descubre cuánto ha cambiado el mundo… y cuánto hemos cambiado nosotros dentro de él.

Vivimos tiempos donde todo ocurre rápido. Se consume rápido. Se olvida rápido. Las nuevas plataformas nos empujan a resumir emociones, a decir mucho en pocas líneas, a captar atención en segundos antes de que un dedo deslice la pantalla y continúe hacia otra historia.

Y no critico el cambio. Los cambios son parte de la evolución natural de la vida. Cada generación nace moldeada por el tiempo que le toca vivir.

Nosotros fuimos moldeados por las conversaciones largas, por las cartas extensas, por los artículos que uno comenzaba a leer sin prisa y quería terminar hasta la última línea.

Fuimos educados para escuchar historias completas, para sentarnos a conversar mirando a los ojos, para emocionarnos lentamente.

Las nuevas generaciones han nacido dentro de la inmediatez. Viven a otro ritmo. Piensan a otro ritmo. Aman, sufren y se comunican de otra manera. Y quizás ni ellos tienen la culpa ni nosotros tampoco.

El tiempo simplemente va creando nuevos seres humanos adaptados a sus propias épocas.
Pero en medio de toda esa transformación, me pregunto si no estaremos dejando escapar algo esencial: la capacidad de detenernos espiritualmente.

Porque el ser humano necesita algo más que velocidad. Necesita memoria. Necesita contemplación. Necesita silencio. Necesita escuchar y sentirse escuchado. Necesita recordar sin prisa. Necesita emociones que no duren apenas unos segundos en una pantalla.

Hoy veo una fotografía vieja y descubro que todavía puede estremecerme. Puede devolverme olores, voces, rostros, risas y sentimientos que creía dormidos. Y entonces comprendo que mientras podamos emocionarnos así, mientras un recuerdo siga teniendo la fuerza de hacernos volver al pasado por unos instantes, todavía habrá esperanza para la sensibilidad humana.

Quizás el desafío no sea rechazar los nuevos tiempos, sino aprender a convivir con ellos sin perder aquello que nos engrandece espiritualmente.

Porque avanzar no debería significar vaciarnos por dentro.

Reconozco que cada generación nace moldeada por el tiempo que le toca vivir. Nosotros fuimos moldeados por la conversación larga, por la lectura pausada, por la espera. Ellos, por la inmediatez.

Ni mejor ni peor quizás… simplemente distintos.

Publicaciones relacionadas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba