Venezuela nos deja una lección que República Dominicana no puede ignorar

Por Margarita de la Rosa
Cada vez que una tragedia sacude a un pueblo hermano, la reacción inmediata suele ser de solidaridad. Enviamos ayuda, elevamos oraciones, lamentamos las pérdidas y seguimos adelante. Sin embargo, hay momentos en los que el mayor acto de solidaridad consiste en aprender la lección antes de que sea demasiado tarde.
El reciente terremoto que estremeció a Venezuela debe servir de llamado de atención para la República Dominicana.
Nuestro país se encuentra sobre un territorio de alta actividad sísmica. Las fallas Septentrional y Enriquillo-Plantain Garden forman parte de un complejo sistema geológico que mantiene a la isla bajo una amenaza permanente.
No sabemos cuándo ocurrirá un gran terremoto. Lo único que sabemos es que puede ocurrir.
La pregunta no es si estamos en una zona sísmica. La verdadera pregunta es: ¿estamos preparados?
La respuesta, lamentablemente, genera preocupación.
Durante décadas se levantaron miles de edificaciones cuando los controles eran menos rigurosos que los actuales. Muchas construcciones nunca fueron sometidas a estudios adecuados del suelo, mientras otras han sido modificadas con el paso de los años, agregándoles niveles, ampliaciones o cargas adicionales sin la debida supervisión técnica.
A ello se suma una realidad que todos conocemos. En nuestro país todavía existen construcciones improvisadas, levantadas sin planificación, con materiales de dudosa calidad o sin respetar las normas de ingeniería. Ese es un riesgo silencioso que permanece ahí todos los días.
Pero la preparación no depende únicamente del concreto y del acero.
También depende de la educación.
Nuestros niños deberían aprender desde la escuela cómo actuar durante un terremoto. Las instituciones públicas y privadas deberían realizar simulacros periódicos. Las universidades, las iglesias, las juntas de vecinos y las empresas tendrían que incorporar programas permanentes de orientación sobre qué hacer antes, durante y después de un sismo.
La prevención salva vidas.
También debemos fortalecer la capacidad de respuesta de nuestros organismos de socorro. Nadie desconoce la entrega y el sacrificio de nuestros bomberos, rescatistas, miembros de la Defensa Civil y del COE. Sin embargo, el heroísmo no sustituye la tecnología. Los equipos modernos para búsqueda y rescate entre escombros, la capacitación continua y la coordinación institucional pueden marcar la diferencia entre encontrar sobrevivientes o llegar demasiado tarde.
Ningún país está completamente preparado para enfrentar un terremoto devastador. Pero sí existen países que han reducido considerablemente sus pérdidas porque hicieron de la prevención una política de Estado y una cultura ciudadana.
Ojalá no esperemos a que una tragedia nos obligue a hacer lo que desde hace años sabemos que debemos hacer.
Venezuela hoy nos envía una lección dolorosa. Lo peor que podríamos hacer sería ignorarla.


