Neonatos muertos: ¿la justicia también nació muerta?

Por Augusto Álvarez
La inocencia no llegó a ver la luz. Murió antes de conocer el mañana. Y mientras esperamos que en los casos de los neonatos que la muerte se llevó, aun en medio de sus esfuerzos por aferrarse a la vida, también haya justicia, regresamos a la lectura de Carta a un niño que no llegó a nacer, de la extraordinaria periodista y escritora italiana Oriana Fallaci.
Y ante la espera de justicia, ¿qué decir? Hasta que la propia Oriana Fallaci parece suministrarnos una respuesta en Nada y así sea.
Es posible que para algunas autoridades la vida de los niños cuyo origen está marcado por la pobreza extrema no tenga el mismo valor. Sin embargo, nos cuesta creer que en estos casos no habrá consecuencias. Porque, si hubo errores, negligencias o responsabilidades, alguien tendrá que responder. ¿O acaso se pretende que todo termine en silencio?
Desde que una mujer embarazada entra en el oscuro mundo de un centro de salud, necesita algo más que suerte. Necesita atención médica adecuada, protocolos que funcionen y profesionales capaces de garantizar que ella pueda regresar a casa con el fruto de su vientre.
Hemos observado cómo se manejan estos casos fuera de nuestras fronteras. Allí, cuando un error médico provoca daños al bebé, las consecuencias pueden alcanzar no solo al profesional responsable, sino también al propio Estado, que puede verse obligado a reparar económicamente los daños ocasionados a la madre y a su criatura.
Aquí, en cambio, parecería que las autoridades han decidido aplicar aquella vieja filosofía de “el que venga atrás, que arree” cuando se trata de asumir responsabilidades y hacer justicia.
Pero la muerte de un neonato no puede convertirse en una simple estadística. Detrás de cada pequeño cuerpo que no llegó a crecer hay una madre que esperaba escuchar un llanto, unos padres que soñaban con un futuro y una familia que jamás volverá a ser la misma.
Por eso preguntamos: ¿quién responde? ¿Quién investiga? ¿Quién explica? ¿Quién paga cuando una posible negligencia le arrebata a una familia el derecho de ver crecer a su hijo?
No estamos pidiendo privilegios. Estamos reclamando justicia.
Y aunque hoy algunos parezcan apostar al olvido, tenemos la seguridad de que el caso de los neonatos —bebés que apenas comenzaban a respirar la vida— no desaparecerá tan fácilmente.
Quizás no haya respuestas ahora. Quizás tampoco haya sanciones inmediatas. Pero estos casos tienen memoria.
Y si la justicia no llega por voluntad de quienes tienen el deber de impartirla, la sociedad terminará reclamándola en las calles, en los tribunales y también en las urnas.
Porque cuando muere un recién nacido y nadie responde, la pregunta deja de ser solamente quién perdió a un hijo.
La pregunta es mucho más brutal: ¿Cuánto vale la vida de un niño en este país?



