Cuando la fe tropieza con la guerra

Por Margarita de la Rosa
A veces las reflexiones más incómodas llegan en la madrugada, cuando la mente está en silencio y las noticias del mundo siguen dando vueltas dentro de uno.
En esos momentos uno vuelve a las palabras que escuchó el día anterior, las coloca frente a la conciencia y trata de entenderlas.
Pero hay frases que simplemente no encuentran lugar donde reposar.
Eso me ha ocurrido al escuchar las recientes declaraciones del predicador evangélico dominicano Ezequiel Molina, quien expresó su apoyo a las acciones militares del presidente estadounidense Donald Trump, justificando los bombardeos bajo la lógica de que, para evitar males mayores, hay ocasiones en que “hay que matar unos pocos”.
Confieso que esa afirmación me ha provocado una inquietud profunda.
Y no lo digo desde el antagonismo religioso. Todo lo contrario.
Vengo de un hogar evangélico. Mis padres lo eran. Y si algo recuerdo de esa formación espiritual es la insistencia en el valor sagrado de la vida humana.
La vida como un don inviolable. La vida como algo que solo Dios puede dar y quitar.
Por eso, escuchar a un líder religioso justificar la muerte —aunque sea bajo el argumento de evitar una tragedia mayor me resulta una contradicción difícil de comprender.
Más aún cuando esa misma corriente religiosa mantiene posiciones firmes e inamovibles contra el aborto, incluso en circunstancias extremas donde la vida de la madre está en peligro.
En ese terreno, el principio es absoluto: la vida no se negocia.
Entonces surge inevitable la pregunta moral: ¿Cómo puede ser intocable la vida en el vientre, pero relativizable cuando cae bajo las bombas de una guerra?
La inquietud se vuelve más intensa cuando se observa el contraste con el discurso que, desde hace años, ha sostenido el Papa León XIV, quien ha condenado reiteradamente la guerra y los bombardeos indiscriminados, recordando que en los conflictos armados siempre mueren inocentes.
Para el pontífice, ninguna estrategia militar puede borrar esa verdad sencilla: cada víctima tiene nombre, rostro, familia y una historia que termina abruptamente bajo el estruendo de las armas.
No pretendo entrar en una disputa teológica ni religiosa. He dado muchas vueltas antes de tocar este tema precisamente porque sé que la fe es un territorio donde las pasiones suelen encenderse con facilidad.
Pero hay momentos en que el silencio también se vuelve una forma de renunciar a la reflexión. Y esta es una de esas ocasiones.
Quisiera pensar y lo digo con respeto, que las palabras del reverendo Molina pueden haber estado marcadas por el peso de los años. La vida misma nos enseña que con el tiempo la lucidez puede sufrir grietas y la coherencia que nos acompañó durante décadas puede resquebrajarse.
Pero aun concediendo esa posibilidad, la inquietud permanece.
Porque cuando la justificación de la muerte sale de labios religiosos, el desconcierto es mayor.
La fe, cualquiera que sea su denominación, debería ser siempre una voz a favor de la vida. No una explicación para la muerte.



