Con discursos ni bocinas se combate la delincuencia
Mientras las estadísticas sonríen y los informes internacionales aplauden, la realidad en los barrios cuenta otra historia: policías agotados, destacamentos vacíos y una reforma que, para muchos, terminó en cuidados intensivos.

Buenos días…
La República Dominicana parece estar premiada por la misericordia de la habladuría. Y ahora hasta organismos internacionales, como la FAO, parecen contagiarse de ese mismo entusiasmo con que un día le vendieron al país los famosos «cuadrantes policiales», una estrategia que hoy no aparece ni por los centros espiritistas.

Y no vamos a revelar todo lo que está ocurriendo dentro de la Policía Nacional, porque hacerle daño a la institución es hacerle daño al país. Pero sí vamos a decir, con responsabilidad, que al presidente Luis Abinader, en materia policial, lo han estado engañando desde hace más de tres años. O, peor aún, el Presidente ha preferido no escuchar ni mirar lo que ocurre dentro de una institución que tiene en sus manos la seguridad de los dominicanos.
Mientras tanto, el pueblo sigue pagando las consecuencias.
Y para que nadie diga que hablamos por hablar, basta un solo ejemplo. Después del aluvión de críticas por la falta de orientación y supervisión de los agentes, en los últimos días enviaron comisiones a varias regionales y departamentos policiales.
¿Y qué encontraron? No encontraron felicitaciones. Encontraron policías agotados, desmotivados y llenos de quejas. Presidente, los policías están «desacatados». y no porque sean malos.
Los policías están irritables, violentos y al límite porque trabajan jornadas que, en muchos casos, superan las veinte horas diarias. Eso destruye la salud mental de cualquier ser humano y termina reflejándose en la forma en que algunos reaccionan frente a la ciudadanía. Ahí está una de las raíces del problema.
Hay destacamentos donde deberían prestar servicio, como mínimo, quince agentes para servicios y apenas hay tres. ¡Tres!
Mientras tanto, decenas de policías continúan desempeñando funciones ajenas a la institución: como mensajeros, serenos, choferes de funcionarios y de familiares de funcionarios, custodios de fincas privadas o prestando servicios en centros de diversión.
Los cuarteles se vacían y las calles quedan desprotegidas. Ahí está el detalle.
Vale recordar que durante la gestión del mayor general Eduardo Alberto Then —más allá de las controversias que marcaron el final de su administración— se dispuso el regreso de cientos de agentes al patrullaje preventivo.
El resultado fue evidente: la presencia policial aumentó y los índices delictivos mostraron una mejoría.
Con la llegada del mayor general Ramón Antonio Guzmán Peralta, muchos de esos agentes regresaron a las funciones administrativas o especiales que antes desempeñaban. Por ejemplo, 12 agentes retornaron a una discoteca de Villa Juana. Y no para servicios oficiales. Los resultados también están a la vista.
No se combate la delincuencia llamando a enfrentarla «en su propio terreno». Esa estrategia no resuelve la inseguridad. Por el contrario, aumenta el riesgo de excesos, de confrontaciones y de cuestionamientos por presuntas ejecuciones extrajudiciales. Los hechos hablan por sí solos.
Presidente, la reforma policial que en sus inicios despertó esperanza hoy, para muchos, se encuentra en cuidados intensivos.
Y lo más preocupante es que hasta oficiales honestos, trabajadores y comprometidos —que son la inmensa mayoría— expresan inconformidad porque sienten que la reforma les ha quitado derechos adquiridos, pero no les ha dado herramientas para servir mejor a la población.
En materia de seguridad ciudadana, los resultados siguen siendo motivo de preocupación.
Recuerde siempre una cosa, Presidente: Cuando las estadísticas sonríen, pero la gente vive con miedo, la realidad termina derrotando los discursos.
Lo advertimos cuando se anunció el modelo de los cuadrantes. Dijimos que, sin suficientes agentes, sin logística y sin supervisión, esa estrategia estaba destinada al fracaso. Y el tiempo nos dio la razón.
Hoy existen sectores donde una amplia población depende de una sola patrulla, una motocicleta y apenas tres policías para brindar servicio.
Entonces surge la pregunta obligada. ¿Dónde están los recursos humanos? Porque los recursos económicos sí se han invertido, y eso hay que reconocerlo.
Pero la Policía no se dirige únicamente con dinero. Se dirige con autoridad, planificación, supervisión y gerencia. Y ahí está el gran desafío.
Presidente Abinader, durante su gestión han ocurrido casos que han generado fuertes cuestionamientos públicos sobre actuaciones policiales.
Los hechos de Herrera no constituyen el único episodio que ha estremecido al país.
También están los ocurridos en Haina, Santiago, La Vega y otros puntos del territorio nacional, cuyos responsables todavía esperan respuestas claras por parte de las autoridades.
La sociedad reclama investigaciones oportunas y decisiones firmes.
Como también preocupa otra realidad. En distintos sectores del país, según denuncias de comunitarios, microtraficantes ocupan terrenos privados para instalar puntos de venta de drogas.
Si eso está ocurriendo, el problema trasciende el simple patrullaje y exige inteligencia, investigación y una respuesta institucional mucho más efectiva.
Finalmente, Presidente, también vale la pena revisar la gestión del Ministerio de Interior y Policía. Muchos consideran que la administración de Jesús «Chú» Vásquez dejó más sombras que luces.
Y aunque la actual ministra, Faride Raful, ha desarrollado una ofensiva contra la contaminación sónica y los centros que alteran el orden público, numerosos ciudadanos entienden que la prioridad sigue siendo otra: enfrentar el crecimiento del microtráfico y recuperar los barrios donde ese fenómeno continúa expandiéndose como la verdolaga.
Porque al final del día, Presidente, la seguridad no se mide por ruedas de prensa. Se mide por la tranquilidad con la que un dominicano puede salir de su casa… y regresar con vida.
Y al cierre…
Un mensaje para el presidente de Nicaragua, Daniel Ortega: El mundo está cada vez más cansado de las dictaduras. Los tiempos han cambiado. Ningún gobernante debería cerrar las puertas de las urnas para asegurar su permanencia en el poder. Evite que Nicaragua escriba con sangre las páginas que todavía pueden escribirse con votos.
Todavía está a tiempo de irse por la puerta grande. Porque la historia suele ser más generosa con quienes saben retirarse que con quienes se empeñan en quedarse para siempre.



